Tecnología y deporte (Parte 2: 1971-2008)

De la cámara de aire a los tejidos inteligentes

Continuamos, en la década de los 70, nuestro análisis sobre la enorme influencia que la tecnología ha ejercido en el mundo del deporte.

Los años 70 fueron, en el aspecto social, una época conservadora nacida como repuesta a los convulsos años 60, excepto en el deporte donde se produjeron dos hechos sin los que este nunca habría llegado a ser lo que es hoy día: su conversión en un fenómeno global gracias, fundamentalmente, a la televisión (los Juegos Olímpicos de 1968 se retransmitieron a todo el mundo vía satélite, los de 1972 ya tenían a millones de personas enganchadas a la televisión) y el profesionalismo, que permitía vivir a muchos deportistas exclusivamente con el dinero que ganaban en las competiciones e impulsar, con su ejemplo, a que muchas más personas se pusieran el chándal y las zapatillas. Con ello, el mercado de las marcas comerciales (con la aparición de algunas tan importantes como Nike) se amplió, y estas comenzaron a invertir gran parte de su presupuesto en el desarrollo de innovaciones.

De dónde venimos…
A partir de los 70, básicamente han sido dos las vías de investigación que han logrado la evolución del deporte: la aparición del ordenador, que permitía probar primero las ideas de los ingenieros en la pantalla hasta descubrir la más útil de toda ellas para plasmarla después en un prototipo; y la aplicación de nuevos materiales, como plásticos o polímeros artificiales (http://es.wikipedia.org/wiki/Pol%C3%ADmero) en botas, bañadores, balones, etc. Así, desde los años 80, la lycra, el neopreno, la fibra de carbono o el grafito, materiales que son fruto de investigaciones dirigidas a otros fines (industria automovilística, industria textil…), han acabado por encontrar acomodo en el deporte, convirtiéndose en casi imprescindibles hoy en día. Con grandes recursos económicos, la ayuda del ordenador y la utilización de materiales cada vez más modernos, las marcas comerciales han multiplicado la creación y el desarrollo de innovaciones: si en los 70 llegaron las zapatillas con cámara de aire –destinadas a disminuir las lesiones producidas por el impacto que recibían los talones después de cada salto-, los 80 trajeron consigo la preocupación por la aerodinámica del deportista, lo que desembocó en la fabricación de trajes, cascos o bicicletas, destinados a mitigar los inconvenientes de avanzar con viento en contra. Por su parte, la década de los 90 supuso la plena integración de los ordenadores en el universo del deporte: se patentaron los sistemas que permiten medir la velocidad de las pelotas de tenis, la aparición de las raquetas de grafito, que combinaban ligereza y durabilidad o la confección de tejidos –como el Dryfit o el Climacol- que repelen el sudor de los cuerpos.

Hacia dónde vamos…
Con la irrupción del siglo XXI, el que probablemente será el más revolucionario tecnológicamente de la historia de la humanidad, se podría hablar de dos tendencias en cuanto a las innovaciones aplicadas al deporte. Una la marcan los grandes fabricantes deportivos, que invierten fortunas en investigar cómo mejorar los registros de los deportistas: por ejemplo, mediante trajes que convierten a los nadadores prácticamente en peces –como el ‘Fatskin de Speedo-; la segunda es la que siguen casi todas las federaciones deportivas, que tratan de adaptar las nuevas tecnologías para hacer más justo el juego: la posibilidad de usar la repetición de la jugada en el fútbol americano para rearbritar los lances más dudosos, árbitros conectados entre sí mediante pequeños micrófonos o la instauración del ‘ojo de halcón’ en el tenis. Pero, ¿qué nos deparará el futuro? De momento, deberían irse familiarizando con una palabra que van a escuchar millones de veces en los próximos años: nanotecnología. Se trata de una ciencia donde lo importante no es lo que se ve, sino el interior de las cosas. ¿Se imaginan unas raquetas de tenis capaces de regenerarse después de jugar un partido? ¿Increíble, verdad? Sólo esperen unos cuantos años…